Lo “no pensado” del yoga y de  la meditación: Crítica. 1ª Parte

Creo que cualquier ámbito y dominio de saber que se precie debe soportar la crítica para crecer. Este es uno de los motivos del siguiente texto. Pero, aunque parezca que me cebo con las disciplinas orientales, mi crítica no es tanto al yoga o a la meditación, sino a la sociedad que las recibe e interpreta, una sociedad que, a diferencia de las orientales (a las cuales y por lo siguiente creemos superar) carece de comunidad. Además, si fuera posible, la crítica pretende atravesar al personaje que se apoya en el “mercado espiritual”, sin profundizar.

1ª PARTE

Meditar está de moda. El yoga, en cierto modo, también. Pero ¿hasta qué punto hemos pensado en lo que hacemos? ¿Por qué nos parece que la solución a nuestros problemas o el desarrollo espiritual está en otras culturas? Mi intención no es proponer respuestas sino sencillamente pensar algunas preguntas.

La meditación como medio de conseguir calma, bienestar, alegría y desapego; como medio de preparación o disolución de emociones negativas, estrés, etc., poco tiene que ver con la meditación oriental (eso son más bien “efectos secundarios” y/o disposiciones premeditativas, por así decir). Luego hay que preguntarse si la meditación, eso que practicamos, no es más que el “contrapelo” a nuestro propio estilo de vida. Algo producido por la propia sociedad de consumo echado por la puerta de atrás como sucedáneo de libertad (lo mismo podría decirse del deporte); algo que, paradójicamente, no es sino otro tipo de alpiste para distraernos; es el fruto de la interpretación de algunos elementos de otras culturas, a sabiendas de que no podemos metabolizar esas otras culturas olvidándonos de la nuestra. Tal vez no hemos comprendido nada. El filósofo alemán Bernhard Waldenfels, dice que no podemos convertirnos en asiáticos y actuar como ellos, sin más, porque «una teoría de la corporeidad no puede formularse como si Descartes nunca hubiese existido»[1].

El yoga y la meditación realizados en un mundo secular que les despoja de su sentido “original”, practicados en una sociedad en la que el repliegue se ha hecho sobre uno mismo y en el que buscamos sentido teniendo al individuo como medida, el resultado es por lo menos dudoso (aunque no necesariamente negativo). El ascetismo puede caer bien en una sociedad secular y narcisista, con ciudades que permiten el anonimato, el aislamiento y el declive relacional. Entonces, tal vez, nosotros no necesitemos más repliegue sobre el yo (aún con la excusa de “disolverlo”), sino relacionarnos de otro modo. Como decía el sociólogo Ulrich Beck: «Alguien que se dedique a hurgar en la niebla de su propio yo ya no es capaz de darse cuenta de que ese aislamiento, este “solitario confinamiento del ego” es una sentencia en masa».[2] Agotados los Grandes Relatos, ¿cómo no iba a funcionar la meditación, enfocarse en el Ahora, en la sociedad de la inmediatez, del presente hipertrofiado, de la instantaneidad, del desarraigo, del olvido tradicional? ¿Cómo no iba a integrarse toda técnica que prometa autocontrol, autoconocimiento y autorregulación, en una sociedad superficialmente hedonista e hiperindividualista, biopolíticamente atravesada? ¿Cómo no iban a ser viables las técnicas orientales en un mundo centrado en la realización personal, egoísta, en una sociedad de servicios, o mejor, de autoservicios[3] que agranda así el supermercado espiritual? Las dudas están justificadas desde el momento en que en nuestra deriva histórica hemos perdido de vista, entre el desencanto de las promesas y la bruma del pasado, a las cosas importantes. ¿Qué es sagrado para nosotros? La transposición de los valores que pedía Nietzsche la hemos dejado en manos de IKEA, Coca-Cola, La Lotería, u otras multinacionales que, con sus anuncios nos emocionan y hasta nos hacen llorar. Y al no tener muy claro lo que merece la pena,

«las personas se han convencido de que lo que importa es la mejora psíquica de uno mismo; entrar en contacto con sus sentimientos, comer alimentos sanos, tomar clases de ballet o de danza del vientre, sumergirse en la sabiduría de Oriente, correr, aprender a “relacionarse”, superar el “Miedo al placer”. Inocuas en sí mismas, estas ocupaciones, elevadas a programa y envueltas en la retórica de la autenticidad y la consciencia significan una retirada de la política…»[4]

Estamos envueltos en un striptease psicológico (las redes sociales contribuyen eficientemente a ello), en el que nuestras actividades “liberadoras”, pueden resultar simplemente otro instrumento de control y de “pacificación” social.

Nuestra geografía de la velocidad y nuestra búsqueda de lo cómodo, lo fácil, junto a la importancia del movimiento corporal asociado a la concepción biomédica, son factores que nos han llevado al aislamiento, a la inmovilidad social y al individualismo.[5] Vivimos un declive relacional y simbólico sin parangón, y buscamos soluciones pírricas o exóticas, combinadas con cierto “tuning” personal.

Damos por sentado que el control de la mente y la disciplina del cuerpo son prácticas legitimadas por el bien del desapego y la disolución del yo, sin embargo podría darse, perfectamente, el efecto contrario. Por ejemplo, Vigarello sugiere que en el mundo del deporte, el auge de la autovigilancia de los sentidos, el conseguir un conocimiento sensorial preciso, lograr una imagen de todas las partes del cuerpo, en fin, conquistar el control de la información sensorial ha alcanzado un nivel inusitado que, aún enmarcado en el ámbito deportivo, refleja la victoria del sujeto hipermoderno. Un sujeto «que persigue algún tipo de escucha transparente de sí mismo: esta nueva era de lo sensible no es más que una nueva era del individuo. Su traducción puede ser “deportiva”, pero es deslumbrante».[6] Nuestro cuerpo es fruto de nuestra deriva histórica secular y capitalista, un cuerpo que colonizado por la tecnología, se ha convertido «en un lugar de exploración interminable».[7]

En cualquier caso estamos en una disyuntiva: pienso que no es posible acceder totalmente a un yoga auténtico u original, acaso nunca lo hubo. Y, por otro lado, también sospecho que lo que hacemos con el yoga es acomodarlo, disfrazado de salvador, en el sistema capitalista. Por eso, autores reconocidos como Ramiro A. Calle, han insistido en criticar las nuevas corrientes a las que, despectivamente, denominan neoyogas. Sin embargo, pienso que el yoga ha sido siempre, simultáneamente, Neoyoga. Es decir, no resulta tan fácil decir qué es y qué no es yoga, o cuando y porqué deja de serlo. Probablemente, dilucidarlo es parte del juego: es el momento de iniciar un proceso hermenéutico que no sólo hable de yoga y de meditación de modo dogmático, ni de buscarle la utilidad “científicamente probada”, sino de comenzar una gran conversación.

Continuará…

[1] Citado en Duch, Ll. y Mèlich, J. C. Escenaris de la corporeïtat. Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2003, p. 25, la cursiva es mía.

[2] Citado en  Bauman, Z. La sociedad individualizada. Madrid, Cátedra, 2001, p. 63

[3] Lipovetsky, G. La era del vacío. Barcelona, Anagrama, 2000, p. 17

[4] Lasch, C., citado en Bauman, Z. La sociedad individualizada. Ob., cit., p. 172

[5] Cf. Sennett, R. Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental. Madrid, Alianza, 1997, p. 371

[6] Courtine, J. J. (Dir.) Historia del cuerpo, 3. Las mutaciones de la mirada. El siglo XX. Madrid, Santillana, 2006, pp. 191 y s.

[7] Courtine, J. J. (Dir.) Historia del cuerpo, 3. Ob., cit., p. 195

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La postura más difícil es la más fácil

¿Cuál es el asana más difícil?

Probablemente ya estés pensando en alguna postura sobre las manos, vertical e invertida, o alguna de aquellas imposibles por retorcidas. Sin embargo, el asana más difícil es, a mi juicio, shavasana: la postura del cadáver. No lo es (la más difícil) sólamente porque al tumbarnos lo hagamos sobre el barro que trajimos, ni por el sopor del mundo que vertemos sobre el mundo, ni por la bruma de las palabras con que se dice el pensamiento, ni por la rigidez del nombre que nos grabaron a fuego; lo es por el fantasma que nos acompaña, señala y zarandea, a todas horas, cada día.

Shavasana es difícil porque no parece una postura (representa una no-postura), y porque a veces (y por eso) creemos que podemos salir de ella y lograr quedar suspendidos en la nada, libres de la cultura, de la tribu, (súper)solos, como quería Nietzsche. Da igual si ataraxia o nirvana, se pueda lograr o no, shavasana nos recuerda que no va a ser en virtud del tipo de sacrificios (hacer sagrado) a los que estamos acostumbrados.

La postura más difícil es siempre la del abandono, la que recuerda lo transitorio (de la vida y de todo), la que da la muerte para empezar, la que propone que estar suspendido en la nada es un momento imprescindible por el que pasamos (o nos posamos) todos. Y sin embargo, shavasana, también es la postura más fácil: sólo hay que tumbarse y esperar, a que llegue la inspiración, por fin, o las ganas de marchar (¿de nuevo?).

¿Cuál es para ti el asana más difícil?

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