Sobre yoga real

Hablo de “yoga real” aprovechando el doble sentido de “real”:

1- A pesar de la dificultad y espectacularidad de muchas de las posturas de yoga que uno puede encontrar en la red, otras āsanas son asequibles y recomendables para todo el mundo. YOGA REAL, es un yoga asequible, practicable y comprensible, en el que, si hay que dar espectáculo, que sea escénico, poético, que explore el genio de cada uno.

2- El llamado yoga clásico, sistematizado por Patañjali en los yogasūtra (s. II d. C. probablemente), es el Rāja yoga, que significa “yoga real”, es decir, “de los reyes”

Este blog puede servir para difundir información pero también para dialogar, conversar y discutir sobre el yoga y sus metáforas. Para proponer prácticas sencillas y debates profundos.

Tengo la intención de ser crítico, a veces, tanto con las posiciones conservadoras como con las “espectaculares” y deportivas. Mi posición escéptica, no obstante, es respetuosa con todas y, de hecho, bebe de algunas de ellas. Yo practico, estudio y enseño yoga clásico, y lidio, a mi manera, con sus contradicciones. Este blog es un intento de síntesi (o de aceptación de su imposibilidad), un ejercicio de aprendizaje, de crítica y de autocrítica, pero también un lugar con “espíritu lúdico”, abierto a vivir poéticamente.

YOGA Y NEOYOGA

Aunque los distintos yogas que uno puede practicar hoy día beben de fuentes antiguas, difícilmente se van a parecer a lo que, por ejemplo, debió de practicar Patañjali. A finales del siglo XIX, y en un marco histórico y político muy concreto, el yoga sufrió un proceso de “adaptación occidental” que, paradójicamente, protagonizaron los propios (neo)hindúes.

En mi opinión, el yoga es, desde hace ya mucho (o desde siempre) neoyoga, aunque algunos luchan por mantener intacta su pureza o esencia. Eso no significa que cualquier cosa sea yoga, ni quiere decir que no se deba respetar y estudiar su origen en profundidad, pero no está nada claro cuál es el lugar que el yoga tiene, puede o debe ocupar en nuestra sociedad, de ahí que se le regule (a regañadientes) por las instancias del deporte, y simultáneamente se difunda como religión o tradición espiritual (a la vez que se insiste en que, sin ser creyente, se puede practicar).

Creo que dilucidar cuál es ese lugar (incluso crearlo) implica un apasionante debate al que apetece invitar como interlocutores al arte, la antropología y la filosofía, además, claro está, de la propia indología. Y a pesar de las buenas intenciones de la ciencia (deporte, nutrición, medicina, etc.), ojo con el “ánimo desmitificador ilustrado”, porque cada cosa tiene su lugar, su “juego de lenguaje”; hay que andarse con cuidado para que las tan necesarias aportaciones científicas no dejen escorados otros factores humanos: no todo se puede verificar. Ahora bien, tampoco se puede aceptar cualquier (pseudo)metafísica con sus no-se-que-energías y empalagosas lecciones.

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