L’obra

Des de que la cultura és cultura, l’ésser humà ha tingut la capacitat de simbolitzar i metaforitzar i, probablement, una de les coses que ens defineix com a éssers humans és la capacitat de significar. La mort (quelcom) significa i, la vida, lluitem per fer-la significativa. Signifiquen les paraules, els gests, les mirades, els indrets i el cos que, com tot el demés, ho fa depenent del context… com la pluja, que mai no és només pluja, sinó llàgrimes o benediccions.

El ioga també significa perquè no és només un treball psicològic o fisiològic, sinó una qüestió existencial. Per això, quan vinguis a fer ioga, fes com si la nostra “sala” fos l’escenari en el que està a punt de succeir una gran representació. El meu lloc, prosceni. Tu ets l’actor i, alhora l’espectador. El títol de l’obra: la via de l’asceta. Prepara’t seriosament, com tot bon actor, per a fer sorgir “la Veritat” i “la Bellesa”. Trenca amb la quotidianitat fent un canvi de consciència i serà, de ben segur, una interpretació “divina”.

Molta merda!

 

 

I de què va això del ioga?

(Nota: a partir d’ara, aquest blog combinarà texts en Català i Castellà de manera arbitrària)

Tot i que associem el ioga amb la realització d’exercicis i postures per a corretgir problemes físics i/o sentirnos més sans i relaxats, aquesta disciplina milenària, és originàriament un “punt de vista” (dārsana) que pretén la comprensió de la realitat i l’emancipació de l’esperit respecte la matèria, a base d’esborrar les impressions mentals (samskāra) per aconseguir aturar els processos mentals trovant la éntasi contemplativa (samādhi). Un cop la ment s’atura (nirodha) esdevé la llum diàfana de l’auténtica consciència testimonial o contemplativa (drastr o ātman) emancipada per fi de la foscor material. Segons aquesta escola de pensament (el sāmkhya: la filosofia que fonamenta el yoga dels yogasutras), els entrebancs (klêsa) per aconsegui això que són 5: aferrament a la vida, repulsa, atracció, ipseïtat i ignorància, s’estructuren de manera q la ignorància (avîdyā) és directament la responsable dels demés entrebancs, és a dir, és un problema d’ordre epistemològic (tema del coneixement), cosa que, efectivament, comparteix amb els budistes. En resum “ignorem” la nostra auténtica naturalesa i la fonamentació del món, cosa que el camí de l’ascesis ióguica, assegura solucionar.

Probablement, el que més trovareu “por ahí” és que, el ioga, és la unió del cos la ment i l’esperit, però això només pot respondre al mètode (posant atenció, hom sent que posa tot el ser en l’acció) i no a l’objectiu. Segons el ioga clàssic, és tot el contrari. Ioga es l’emancipació o alliberació (moksha) de l’esperit respecte la matèria. El problema es que, durant la història, s’hi han afegit idees del Vedanta i, finalment, pseudometafísica i new age. No sé si serà l’excés d’eclecticisme el que ha provocat el triomf del ioga importat d’UUAA que promulga un ioga ja-no-espiritual.
Tu que creus?

Lo “no pensado” del yoga y de la meditación: Crítica. 2ª Parte

2ª PARTE

La Ilustración empujó al destierro a mitos y dioses y, desde entonces el mundo, como dijo el sociólogo Max Weber, está desencantado. Sin embargo, la sed del espíritu sigue sin agotarse, de ahí que hurguemos por otros lugares, desde el new age (con sus unicornios) hasta los deportes (con coaches ejerciendo de gurús). Como algunos creen que la solución (o la salvación) vendrá de manos la ciencia (si viene con el prefijo “neuro” impresiona más), para meditar también necesitamos cosas del tipo “clínicamente probado”. Incluso desde las propias comunidades o grupos de meditación se apoyan en los experimentos científicos para convencer y autoconvencerse. Pero oigan, prestar atención es obviamente bueno, no hay que justificarse. Aun así, tanto el yoga como la meditación, son constantemente traducidos mediante la jerga científico-médica, asépticamente, sin referencias religiosas o espirituales (como hace el mindfulness sesgando, para lograrlo, la parte ético-moral de las vías tradicionales) para convencer a la población de que cambien algunos de sus hábitos (los “malos”, ups, por ahí asomó de nuevo la moral). La meditación es ahora la “nueva píldora”, la “nueva medicina” que lo que viene a señalar es que estamos enfermos de tedio-secular.

En cualquier caso,  casi todo “lo que viene” tiene que ser medible, vendible y consumible. La tecnología refleja este estado de cosas. Por ejemplo, ya existen apps para “aprender” a respirar[1], incluso para meditar[2], un modo tosco de objetivar el espíritu, porque en realidad todo esto es sólo para que se pueda evaluar, valorar, comparar, hacer rankings y llegar a ser un meditador eficiente. La última aberración, es la creación de competiciones de yoga donde se promueven a los «campeones de yoga», a «los mejores yoguis»[3], y con esto podemos asegurar que el viejo yoga agoniza, o que ya ha muerto. La meditación, ahora, no es sólo cuestión de salud (versión secular de la antigua “salvación”) sino de rendimiento: es bueno para los negocios y para la creatividad, esa que se usa también para mejorar en los negocios. Ya meditan en universidades, en las escuelas —y en las escuelas de negocios— y hasta meditan los trabajadores de Google. Y como no, la meditación se usa para el deporte, para el rendimiento deportivo, porque hay que estar atentos y visualizar también para correr, nadar, saltar… En fin, meditar es ahora de lo más útil y rentable, y el turismo íntimo de lo más cool: lo más de lo más.

Pero resolver nuestras carencias y nuestras dudas existenciales requiere de observación, aceptación y tal vez de un cuestionamiento de del sentido que nos viene dado, para lo que no existe una receta correcta sea o no de importación. No es que la meditación no vaya ayudarnos, al contrario, pero también puede ser otro modo de huir de la vida, de alienarse, otro modo de conseguir nuevas sensaciones y nuevas “fachadas de verdad” perfectas para nuestra sociedad.

Lo que yo propongo, con intención de no afectar (paralelamente quizás) a las fuentes clásicas o conservadoras (las cuales respeto y estudio), es que el yoga aspira a alegoría. Cada āsana es el fotograma de un hiato, cada sesión el relato del vacío. Cada postura es un microcosmos, una atalaya providencial al infinito, un lugar donde cuentan y escuchan cuentos, un sitio donde se representa una vida ejemplar y un espacio para el (re)encuentro. El yoga que yo practico (como quiero interpretarlo) no es deporte, es un “mito en acción”, un ritual de representación donde el mito tiene un modo de encarnación. La vida del yogui es una escenificación dramática que levanta el telón con “la caída” del ser humano en el tiempo, hasta cerrarse (sin cesar) en aquel momento que está fuera del tiempo. Su contexto es el de la verdad mítica, narrativa, y el de la experiencia estética (artística), y no el de la utilidad —que quede claro— por eso es Bello. Cada sesión es el rito donde “yo” me sacrifico para ser “Eso”: lo más grande y lo más pequeño. El yoga es también una fábula que enseña a sentarse y a levantarse, a establecerse y a moverse, a esconderse y a encontrarse. El yoga impone actos ejemplares e impersonales, es la celebración del “camino difícil”, el de los héroes. Un camino que como sabía el historiador de las religiones Mircea Eliade, es el camino hacia “el centro”, que es donde se crea el mundo, «la zona de lo sagrado por excelencia».[4]

 

[1] https://maestradeyoga.wordpress.com/2016/07/01/apps-que-nos-dan-un-respiro/

[2] PlayGroundNoticias. Alcanza la serenidad mental con tu Smartphone: http://www.playgroundmag.net/musica/noticias-musica/actualidad-musical/alcanza-la-serenidad-mental-con-ayuda-de-tu-smartphone. Recuperado el 05/05/2014

[3]http://www.elmundo.es/deportes/2014/05/01/535fdabae2704eb0748b4582.html

[4] Eliade, M. El mito del eterno retorno. Madrid, Alianza, 2002, pp. 26 y s.

Lo “no pensado” del yoga y de  la meditación: Crítica. 1ª Parte

Creo que cualquier ámbito y dominio de saber que se precie debe soportar la crítica para crecer. Este es uno de los motivos del siguiente texto. Pero, aunque parezca que me cebo con las disciplinas orientales, mi crítica no es tanto al yoga o a la meditación, sino a la sociedad que las recibe e interpreta, una sociedad que, a diferencia de las orientales (a las cuales y por lo siguiente creemos superar) carece de comunidad. Además, si fuera posible, la crítica pretende atravesar al personaje que se apoya en el “mercado espiritual”, sin profundizar.

1ª PARTE

Meditar está de moda. El yoga, en cierto modo, también. Pero ¿hasta qué punto hemos pensado en lo que hacemos? ¿Por qué nos parece que la solución a nuestros problemas o el desarrollo espiritual está en otras culturas? Mi intención no es proponer respuestas sino sencillamente pensar algunas preguntas.

La meditación como medio de conseguir calma, bienestar, alegría y desapego; como medio de preparación o disolución de emociones negativas, estrés, etc., poco tiene que ver con la meditación oriental (eso son más bien “efectos secundarios” y/o disposiciones premeditativas, por así decir). Luego hay que preguntarse si la meditación, eso que practicamos, no es más que el “contrapelo” a nuestro propio estilo de vida. Algo producido por la propia sociedad de consumo echado por la puerta de atrás como sucedáneo de libertad (lo mismo podría decirse del deporte); algo que, paradójicamente, no es sino otro tipo de alpiste para distraernos; es el fruto de la interpretación de algunos elementos de otras culturas, a sabiendas de que no podemos metabolizar esas otras culturas olvidándonos de la nuestra. Tal vez no hemos comprendido nada. El filósofo alemán Bernhard Waldenfels, dice que no podemos convertirnos en asiáticos y actuar como ellos, sin más, porque «una teoría de la corporeidad no puede formularse como si Descartes nunca hubiese existido»[1].

El yoga y la meditación realizados en un mundo secular que les despoja de su sentido “original”, practicados en una sociedad en la que el repliegue se ha hecho sobre uno mismo y en el que buscamos sentido teniendo al individuo como medida, el resultado es por lo menos dudoso (aunque no necesariamente negativo). El ascetismo puede caer bien en una sociedad secular y narcisista, con ciudades que permiten el anonimato, el aislamiento y el declive relacional. Entonces, tal vez, nosotros no necesitemos más repliegue sobre el yo (aún con la excusa de “disolverlo”), sino relacionarnos de otro modo. Como decía el sociólogo Ulrich Beck: «Alguien que se dedique a hurgar en la niebla de su propio yo ya no es capaz de darse cuenta de que ese aislamiento, este “solitario confinamiento del ego” es una sentencia en masa».[2] Agotados los Grandes Relatos, ¿cómo no iba a funcionar la meditación, enfocarse en el Ahora, en la sociedad de la inmediatez, del presente hipertrofiado, de la instantaneidad, del desarraigo, del olvido tradicional? ¿Cómo no iba a integrarse toda técnica que prometa autocontrol, autoconocimiento y autorregulación, en una sociedad superficialmente hedonista e hiperindividualista, biopolíticamente atravesada? ¿Cómo no iban a ser viables las técnicas orientales en un mundo centrado en la realización personal, egoísta, en una sociedad de servicios, o mejor, de autoservicios[3] que agranda así el supermercado espiritual? Las dudas están justificadas desde el momento en que en nuestra deriva histórica hemos perdido de vista, entre el desencanto de las promesas y la bruma del pasado, a las cosas importantes. ¿Qué es sagrado para nosotros? La transposición de los valores que pedía Nietzsche la hemos dejado en manos de IKEA, Coca-Cola, La Lotería, u otras multinacionales que, con sus anuncios nos emocionan y hasta nos hacen llorar. Y al no tener muy claro lo que merece la pena,

«las personas se han convencido de que lo que importa es la mejora psíquica de uno mismo; entrar en contacto con sus sentimientos, comer alimentos sanos, tomar clases de ballet o de danza del vientre, sumergirse en la sabiduría de Oriente, correr, aprender a “relacionarse”, superar el “Miedo al placer”. Inocuas en sí mismas, estas ocupaciones, elevadas a programa y envueltas en la retórica de la autenticidad y la consciencia significan una retirada de la política…»[4]

Estamos envueltos en un striptease psicológico (las redes sociales contribuyen eficientemente a ello), en el que nuestras actividades “liberadoras”, pueden resultar simplemente otro instrumento de control y de “pacificación” social.

Nuestra geografía de la velocidad y nuestra búsqueda de lo cómodo, lo fácil, junto a la importancia del movimiento corporal asociado a la concepción biomédica, son factores que nos han llevado al aislamiento, a la inmovilidad social y al individualismo.[5] Vivimos un declive relacional y simbólico sin parangón, y buscamos soluciones pírricas o exóticas, combinadas con cierto “tuning” personal.

Damos por sentado que el control de la mente y la disciplina del cuerpo son prácticas legitimadas por el bien del desapego y la disolución del yo, sin embargo podría darse, perfectamente, el efecto contrario. Por ejemplo, Vigarello sugiere que en el mundo del deporte, el auge de la autovigilancia de los sentidos, el conseguir un conocimiento sensorial preciso, lograr una imagen de todas las partes del cuerpo, en fin, conquistar el control de la información sensorial ha alcanzado un nivel inusitado que, aún enmarcado en el ámbito deportivo, refleja la victoria del sujeto hipermoderno. Un sujeto «que persigue algún tipo de escucha transparente de sí mismo: esta nueva era de lo sensible no es más que una nueva era del individuo. Su traducción puede ser “deportiva”, pero es deslumbrante».[6] Nuestro cuerpo es fruto de nuestra deriva histórica secular y capitalista, un cuerpo que colonizado por la tecnología, se ha convertido «en un lugar de exploración interminable».[7]

En cualquier caso estamos en una disyuntiva: pienso que no es posible acceder totalmente a un yoga auténtico u original, acaso nunca lo hubo. Y, por otro lado, también sospecho que lo que hacemos con el yoga es acomodarlo, disfrazado de salvador, en el sistema capitalista. Por eso, autores reconocidos como Ramiro A. Calle, han insistido en criticar las nuevas corrientes a las que, despectivamente, denominan neoyogas. Sin embargo, pienso que el yoga ha sido siempre, simultáneamente, Neoyoga. Es decir, no resulta tan fácil decir qué es y qué no es yoga, o cuando y porqué deja de serlo. Probablemente, dilucidarlo es parte del juego: es el momento de iniciar un proceso hermenéutico que no sólo hable de yoga y de meditación de modo dogmático, ni de buscarle la utilidad “científicamente probada”, sino de comenzar una gran conversación.

Continuará…

[1] Citado en Duch, Ll. y Mèlich, J. C. Escenaris de la corporeïtat. Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2003, p. 25, la cursiva es mía.

[2] Citado en  Bauman, Z. La sociedad individualizada. Madrid, Cátedra, 2001, p. 63

[3] Lipovetsky, G. La era del vacío. Barcelona, Anagrama, 2000, p. 17

[4] Lasch, C., citado en Bauman, Z. La sociedad individualizada. Ob., cit., p. 172

[5] Cf. Sennett, R. Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental. Madrid, Alianza, 1997, p. 371

[6] Courtine, J. J. (Dir.) Historia del cuerpo, 3. Las mutaciones de la mirada. El siglo XX. Madrid, Santillana, 2006, pp. 191 y s.

[7] Courtine, J. J. (Dir.) Historia del cuerpo, 3. Ob., cit., p. 195

Yoga estático vs. yoga dinámico

¿Qué es mejor, mantener un āsana por largos periodos de tiempo absorto en el fluir de la respiración, o hacer fluir el cuerpo en una secuencia de posturas durante un periodo largo de tiempo? La respuesta obvia es otra pregunta: ¿mejor para qué?

Es oportuno señalar que, Patañjali, en el segundo libro del yogasutra, dice que la postura debe ser estable y cómoda, y por el contexto y comentario , es licito pensar que se refiere a cualquier postura que induzca a un estado meditativo, y a cierta relajación.

Los adeptos a los yogas de tipo dinámico pueden argumentar que una cosa es la postura y otra la transición de una postura a la siguiente, sobre lo cual Patañjali no dice nada; y que el estado meditativo no depende exclusivamente de la quietud física, sino de la interna o mental. Ahora bien, un conjunto de posturas fluidas y encadenadas, donde el acento se pone en las transiciones y la fluidez (el célebre flow) ya tiene nombre: danza, por ejemplo.

Encadenar āsanas de forma dinámica es algo relativamente reciente, que podemos encuadrar en la “occidentalización gimnástica” del yoga de finales del s. XIX y principios del XX. Pienso, además, que la movilización y fluidez de las posturas encaja muy bien en una “modernidad líquida” (Z. Bauman), donde los grandes relatos están extintos, ninguna Verdad nos sustenta y detenerse equivale a quedar atrás, obsoleto. A mi entender, sin embargo, es necesario detenerse, no sólo por sus ventajas más obvias, sino por su valor simbólico: no soy únicamente yo quien se detiene, es el mundo el que también se suspende. Quizás entonces, uno encuentre su lugar… Mientras tanto, el āsana quiere hacer del cuerpo un lugar habitable, y para lograrlo se necesita atención y tiempo de elaboración y de asimilación (lo que hoy día se llama activación muscular y entrenamiento cognitivo).

En mi opinión, los encadenamientos, en el yoga, son un complemento al trabajo de postura “estática” (el āsana), que pueden realizarse como preparación (“calentamiento” muscular y movilización articular) y/o como trabajo dinámico en sí para la resistencia y la coordinación muscular. Pero los encadenamientos no pueden sustituir el trabajo profundo del āsana.

Me encantan y divierten mucho los encadenamientos, por eso también los practico, pero el āsana tiene algo especial: detenerse ahí es como buscar la manera de abrir el cofre del tesoro al filo del abismo, rozando el vacío, intuyendo que al abrirlo es justamente Eso lo que habrá dentro: el buscador, el tesoro y el encuentro.

 

La postura más difícil es la más fácil

¿Cuál es el asana más difícil?

Probablemente ya estés pensando en alguna postura sobre las manos, vertical e invertida, o alguna de aquellas imposibles por retorcidas. Sin embargo, el asana más difícil es, a mi juicio, shavasana: la postura del cadáver. No lo es (la más difícil) sólamente porque al tumbarnos lo hagamos sobre el barro que trajimos, ni por el sopor del mundo que vertemos sobre el mundo, ni por la bruma de las palabras con que se dice el pensamiento, ni por la rigidez del nombre que nos grabaron a fuego; lo es por el fantasma que nos acompaña, señala y zarandea, a todas horas, cada día.

Shavasana es difícil porque no parece una postura (representa una no-postura), y porque a veces (y por eso) creemos que podemos salir de ella y lograr quedar suspendidos en la nada, libres de la cultura, de la tribu, (súper)solos, como quería Nietzsche. Da igual si ataraxia o nirvana, se pueda lograr o no, shavasana nos recuerda que no va a ser en virtud del tipo de sacrificios (hacer sagrado) a los que estamos acostumbrados.

La postura más difícil es siempre la del abandono, la que recuerda lo transitorio (de la vida y de todo), la que da la muerte para empezar, la que propone que estar suspendido en la nada es un momento imprescindible por el que pasamos (o nos posamos) todos. Y sin embargo, shavasana, también es la postura más fácil: sólo hay que tumbarse y esperar, a que llegue la inspiración, por fin, o las ganas de marchar (¿de nuevo?).

¿Cuál es para ti el asana más difícil?

mala-beads-688163__180